Correr delante de los toros es un generoso derroche de valentía que define a un pueblo, al navarro, pues no sólo en Pamplona corren delante de los toros. En otras ciudades y pueblos de Navarra también, bien delante de toros bien de vacas bravas que son tan peligrosas como su congéneres masculinos, se corren encierros.

Los corredores se juegan la vida a cambio de nada (o de todo, según la interpretación que cada uno quiera realizar), con el único objetivo de saberse capaces de superar el miedo, de dar cara a nuevos retos.

El Encierro de Pamplona lleva consigo una mística que lo hace aun más atractivo y excitante que otros encierros. Correr el Encierro es un reto cargado de adrenalina y de riesgo, es una experiencia de vida. A esta carrera matinal la conocemos como una costumbre única e inigualable.

La sensación de peligro que siente el corredor antes de que comience el Encierro es siempre callada. Sólo algunos principiantes que no logran superarla deciden abandonar el recorrido. Y lo hacen en silencio, con cierto pesar por el orgullo dolido.

Por tanto, el Encierro es valentía con uno mismo pero también esconde un espíritu solidario. Los corredores, cuando el cohete va a estallar, no piensan en que pueden ser cogidos o heridos por alguno de esos seis toros bravos. Sin embargo, sí piden al santo no cometer ningún error que pueda causar daño a otros, a terceros, a sus compañeros de carrera.

Se puede afirmar que valentía, solidaridad y espíritu triunfal se dan la mano en el interior de los corredores cuando comprueban que han resultado ilesos al terminar el Encierro. Entonces, llega la relajación, relajación limitada, pues el pensamiento se centra en un solo punto; el Encierro del día siguiente.

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